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Innovación en participación ciudadana

Rehabilitación del Parque Libertad (Ponte Nuevo - Ponte Parque Libertad)

Secretaría de Participación Ciudadana, Gobierno del Estado de Nuevo León
Mención honorífica · Innovación en participación ciudadana · Premios NovaGob 2026
Estatal México Nuevo León Ciudadanía Otras instituciones públicas Sociedad civil Otros niveles de gobierno Academia Sector privado Organismos internacionales

La rehabilitación del Parque Libertad ("Ponte Nuevo · Ponte Parque Libertad") recupera y transforma este espacio público de Monterrey para el disfrute de la comunidad, como parte de la estrategia de participación ciudadana del Gobierno del Estado de Nuevo León.

Las siguientes imágenes —incluidas tomas aéreas con dron— muestran el parque tras su intervención.

Ubicación

Parque Libertad, Monterrey, Nuevo León

Enlaces del proyecto

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Ficha del proyecto

Resumen ejecutivo

El Parque Libertad es una iniciativa de innovación pública que transforma el espacio del ex Penal del Topo Chico en un modelo de participación ciudadana y regeneración urbana. A través de un proceso de más de un año, se implementó una estrategia basada en escucha activa, co-creación y corresponsabilidad entre ciudadanía y gobierno. El proyecto involucró a más de 5,000 personas, integrando herramientas como talleres participativos, marchas exploratorias, socialización casa por casa y mesas de seguimiento interinstitucional.

La comunidad no solo identificó problemáticas, sino que diseñó soluciones, generando proyectos concretos de mejora del espacio público. Este proceso permitió reconstruir el tejido social, fortalecer la confianza institucional y transformar un símbolo de violencia en un espacio de convivencia, cultura y apropiación ciudadana.

Valor público

Para entender el valor de este proyecto, primero hay que "desmenuzar" el reto histórico al que nos enfrentamos. El Penal del Topo Chico fue una herida abierta para Nuevo León; su presencia no solo generaba inseguridad, sino que provocó un abandono sistemático del entorno y una desarticulación institucional profunda. Cuando el penal cerró, nos topamos con un problema de desconfianza: los vecinos estaban cansados de ser ignorados y temían que el espacio se convirtiera en otro proyecto ajeno a su realidad.

Nuestra solución fue apostar por la participación vinculante como eje rector. El valor público que generamos no es solo la obra física, sino la legitimidad de la política pública. Enfrentamos el desafío de rehabilitar un predio con una memoria negativa muy pesada, y lo hicimos colocando el bien común como principio de diseño. Gracias a esto, logramos transitar de un modelo de control policial a uno de apropiación ciudadana.

Al final del proceso, el impacto es claro: logramos cohesión social donde antes había miedo. La gente ahora reconoce el parque como propio porque ayudó a definir sus prioridades, como la iluminación, la seguridad y el mejoramiento de los accesos. Resolvimos un problema de abandono institucional devolviéndole a la comunidad el poder de decisión, logrando que el parque sea hoy un activo social autogestionado y un símbolo de justicia restaurativa para toda la zona.

Carácter innovador

Este proyecto representó para la Secretaría una oportunidad concreta para llevar del diseño a la acción las Estrategias Participativas sintetizadas en 10 pasos. Su implementación permitió constatar que la participación ciudadana no ocurre de forma lineal ni secuencial; por el contrario, exige procesos simultáneos, adaptativos y en permanente retroalimentación.

A partir de esta lógica de laboratorio cívico, el documento metodológico funcionó como eje rector, complementado por el enfoque de placemaking y fortalecido con los principios de Estado Abierto, desarrollados de manera paralela a esta experiencia. Esta articulación hizo posible crear mecanismos y canales de comunicación orientados a propiciar una participación activa, vinculante y corresponsable de las personas usuarias, vecinas y vecinos, así como de las organizaciones que históricamente han cuidado este espacio.

Uno de los mayores desafíos fue la gestión del conflicto comunitario e intersectorial; sin embargo, colocar el bien común como principio rector permitió construir acuerdos, superar intereses particulares y orientar las decisiones hacia el beneficio colectivo. En ese sentido, el valor más relevante del proyecto radica en que sus resultados no parten de una lógica unilateral institucional, sino de propuestas construidas desde la comunidad, lo que lo convierte en un ejercicio genuino de co-creación y en un antecedente sólido hacia el codiseño de política pública.

Colaboración y enfoque multiactor

Parque Libertad se ha construido mediante una colaboración multiactor real, no simbólica. Su principal fortaleza ha sido articular capacidades institucionales con conocimiento comunitario para tomar mejores decisiones sobre un espacio público con alto valor territorial, social e histórico. La sociedad civil y la ciudadanía en general participaron activamente en distintas etapas del proceso: juntas informativas, caminatas exploratorias, marchas, talleres participativos, socialización casa por casa, levantamiento de encuestas y ejercicios de priorización.

Esto permitió incorporar la voz de vecinas, vecinos, personas usuarias, infancias, juventudes, personas adultas mayores, comercios, liderazgos barriales y actores con arraigo en la zona. La comunidad no solo expresó necesidades; también ayudó a definir prioridades, validar componentes y construir una visión compartida sobre el presente y futuro del parque. Las otras instituciones públicas jugaron un papel clave en el diseño, seguimiento y viabilidad del proyecto.

La Secretaría de Participación Ciudadana acompañó el proceso participativo y la interlocución territorial; la Secretaría de Medio Ambiente, Secretaría de Cultura, Secretaría de Seguridad, FIDEURB y FIDEPROES participaron en distintas fases vinculadas al diagnóstico, definición de componentes, seguimiento de obra, activación del espacio y sostenibilidad operativa.

Esta coordinación permitió que el proyecto no dependiera de una sola dependencia, sino de una lógica de trabajo compartido. En relación con otros niveles de gobierno, el caso deja aprendizajes valiosos porque interviene un ámbito que comúnmente se asocia a atribuciones municipales, como el espacio público y su entorno inmediato, pero desde una capacidad estatal reforzada.

Esto abre una ruta de colaboración y aprendizaje institucional entre escalas de gobierno. La academia y aliados técnicos abonaron a la sistematización, documentación y fortalecimiento metodológico del proceso, ayudando a traducir la experiencia en aprendizajes transferibles. Por su parte, el sector privado se contempla como actor complementario para fortalecer sostenibilidad, activación y posibles esquemas de apoyo vinculados al uso ordenado del parque.

En conjunto, esta red de colaboración permitió que Parque Libertad dejara de ser únicamente un proyecto de rehabilitación física para convertirse en un ejercicio de corresponsabilidad pública. Ese es uno de sus mayores valores: demostrar que cuando comunidad, instituciones y actores aliados participan de manera articulada, el resultado no es solo un mejor espacio, sino una forma más abierta, legítima y sostenible de hacer política pública.

Sostenibilidad y continuidad

La sostenibilidad de Parque Libertad parte de una base institucional sólida: el espacio forma parte del patrimonio del Estado, por lo que su permanencia, operación y mantenimiento no dependen de una acción temporal, sino de una responsabilidad pública directa. Desde ahí, el proyecto se concibió no solo como una rehabilitación física, sino como una apuesta de largo plazo para consolidar un espacio público vivo, seguro, útil y apropiado por la comunidad.

En lo institucional, uno de los principales aciertos fue fortalecer la operación del parque a través de una figura con capacidades específicas. Para ello se asignó la responsabilidad operativa a FIDEURB, lo que permite una atención más especializada y una estructura más adecuada para acompañar un espacio de esta escala y complejidad. A esto se suma la coordinación de distintas dependencias estatales que han participado en varias etapas del proceso, entre ellas Secretaría de Participación Ciudadana, Secretaría de Medio Ambiente, Secretaría de Cultura, Secretaría de Seguridad, FIDEURB y FIDEPROES.

Esta articulación permite distribuir responsabilidades, dar seguimiento y evitar que el proyecto dependa de una sola área o de decisiones aisladas. En lo operativo, se contempló la habilitación de un equipo para el funcionamiento cotidiano del parque, incluyendo la figura de guardaparques, en coordinación con personal de seguridad con enfoque de proximidad y reacción.

Esto es importante porque un espacio público de esta naturaleza no se sostiene solo con obra terminada: necesita presencia, cuidado, atención a personas usuarias, seguimiento y capacidad de respuesta. La documentación del proyecto insiste en que el éxito del parque no está únicamente en renovarlo, sino en mantenerlo activo, cuidado y en condiciones de uso para la comunidad.

En lo financiero, la sostenibilidad se apoya primero en la responsabilidad estatal de destinar recursos para un bien público de su propiedad, pero también en una estrategia complementaria para generar ingresos adicionales que ayuden a reforzar su mantenimiento. Entre esas posibilidades se contemplan esquemas como concesiones comerciales reguladas, uso ordenado de ciertos espacios y otras fuentes complementarias que no sustituyen la inversión pública, pero sí pueden fortalecer la operación.

La lógica no es convertir el parque en un espacio comercial, sino combinar financiamiento público con mecanismos adicionales que ayuden a sostenerlo en el tiempo. Otro elemento decisivo para su continuidad es la apropiación comunitaria. Parque Libertad no se diseñó de espaldas a la gente, sino a partir de diagnósticos, encuestas, talleres, recorridos, sesiones informativas y proyectos construidos con la comunidad.

Eso permitió que el parque empezara a consolidarse no solo como obra pública, sino como un espacio con sentido de pertenencia, con agenda propia y con una red de actores que lo reconocen como algo que vale la pena cuidar. La Guía de Estado Abierto lo retoma como un ejemplo de cómo una intervención puntual puede evolucionar hacia un modelo permanente de corresponsabilidad entre ciudadanía y gobierno.

Escalabilidad y replicabilidad

Parque Libertad tiene un alto potencial de escalabilidad y replicabilidad porque su principal valor no está solo en el tamaño del parque o en la obra realizada, sino en la metodología pública que se construyó para su rehabilitación. No es común que un gobierno estatal opere un parque de esta magnitud, y justamente por eso el caso deja aprendizajes valiosos tanto para espacios públicos grandes como para parques barriales, centros comunitarios o zonas que normalmente son atendidas por los municipios.

Lo más replicable del proyecto es la ruta que siguió: diagnóstico comunitario, caminatas exploratorias, socialización casa por casa, encuestas, talleres participativos, sesiones informativas, priorización de necesidades, construcción de proyectos y mesas de seguimiento. La Guía de Estado Abierto documenta este proceso como un ejemplo práctico de cómo pasar de la escucha a la acción pública, incorporando participación real, ajustes progresivos y comunicación de resultados.

Esto vuelve al proyecto replicable porque no depende de condiciones excepcionales, sino de herramientas claras, accesibles y adaptables. Además, existe una intención explícita de documentar y poner a disposición los aprendizajes de esta experiencia para otros contextos, empezando por Nuevo León, pero con posibilidad de dialogar también con otras ciudades y países.

La colaboración con CEPAL y la incorporación del caso en la Guía de Estado Abierto fortalecen esa vocación de réplica, porque no solo se generó una buena práctica: también se produjo un referente metodológico que otras instituciones pueden estudiar, adaptar y retomar. Otro punto a favor es que el modelo es modular. No todos los territorios necesitan replicar una intervención de nueve hectáreas, pero sí pueden adoptar partes del proceso.

Un municipio puede usar la metodología de diagnóstico y socialización para abrir decisiones sobre un parque; otro puede tomar la lógica de talleres para construir una cartera de proyectos; y otro más puede replicar las mesas de seguimiento para dar transparencia y continuidad a una obra pública. Esa posibilidad de escalar por componentes hace que el proyecto sea mucho más viable en contextos diversos.

También es importante decir que este proyecto no surgió en un contexto ideal. Tuvo que articular múltiples dependencias, atender demandas históricas, dialogar con un territorio cargado de memoria y ordenar expectativas distintas. Justamente por eso su aprendizaje es útil: muestra que la participación ciudadana no solo sirve cuando todo está resuelto, sino precisamente cuando hay complejidad, tensiones y necesidad de reconstruir confianza.

En ese sentido, Parque Libertad puede servir como referencia para otros espacios públicos que necesitan algo más que infraestructura: necesitan legitimidad, escucha y corresponsabilidad. Finalmente, el proyecto es replicable porque produjo resultados concretos que pueden traducirse fácilmente a otros contextos: andadores arbolados, parque canino, mejoramiento de accesos, área comunitaria, señalética, equipamiento, activación cultural del Penalito y líneas ambientales como Bosque Urbano.

Es decir, la participación no se quedó en el discurso; generó componentes específicos que otras administraciones pueden adaptar según su escala y realidad local. El Parque Libertad puede escalarse y replicarse porque deja método, herramientas, aprendizajes y una forma concreta de demostrar que la participación ciudadana sí puede traducirse en decisiones públicas más legítimas, útiles y sostenibles.

Resultados

Los principales resultados de Parque Libertad pueden verse en tres niveles: la participación lograda, la información útil que se generó para tomar decisiones y la capacidad de traducir esa escucha en proyectos, avances físicos y una nueva forma de gestión pública del espacio. En términos de participación, el proyecto logró una movilización comunitaria amplia y diversa.

La estrategia de socialización y trabajo territorial permitió realizar 1,728 encuestas, además de cubrir más de cinco mil domicilios y catorce colonias, y activar distintos formatos de involucramiento como juntas informativas, recorridos, caminatas exploratorias, talleres participativos y sesiones de seguimiento. Esto ayudó a ampliar la base de participación más allá de los liderazgos tradicionales y permitió construir una lectura más completa de lo que la comunidad necesita, valora y proyecta para el parque.

En términos de diagnóstico, el proyecto logró identificar con claridad cuáles eran los temas más urgentes: iluminación, seguridad y vigilancia, mejoramiento del entorno inmediato, áreas verdes, mobiliario, señalética, accesibilidad y servicios complementarios. Pero también permitió reconocer los activos del sitio: el arraigo vecinal, el valor histórico del antiguo penal, la conectividad y el potencial del espacio como punto de convivencia, cultura y comunidad.

Esto fue importante porque permitió no solo detectar carencias, sino entender el parque como un lugar con memoria y posibilidades reales de transformación. Uno de los resultados más valiosos fue que esa escucha sí se convirtió en decisiones concretas. La comunidad ayudó a priorizar componentes específicos del proyecto, entre ellos andadores arbolados, parque canino, nuevos andadores y banquetas, mejoramiento de accesos, bodega y baños, y área comunitaria, además de insistir en temas de seguridad, iluminación, mantenimiento y equipamiento.

Eso quiere decir que la participación no se quedó en consulta simbólica, sino que orientó de manera real el diseño y la intervención del espacio. El proceso también dejó una cartera de proyectos comunitarios que amplía la visión del parque más allá de la obra física. Entre ellos destacan Bosque Urbano – Parque Libertad ANP, Salvemos el Parque Libertad, Transformar el Parque Libertad, Restaurar el edificio Libertad “Penalito” y Club Libertad.

Estos proyectos muestran que la comunidad no solo participó para opinar, sino también para imaginar, estructurar y proponer futuros posibles para el espacio. En el plano institucional, el proyecto logró articular una dinámica de trabajo compartido entre distintas dependencias, abriendo sesiones informativas, mesas de seguimiento y mecanismos de comunicación más transparentes.

Esto no solo ayudó a ordenar avances, sino a fortalecer la interlocución entre gobierno y ciudadanía. La Guía de Estado Abierto lo reconoce justamente como un caso donde una intervención territorial evolucionó hacia un modelo más permanente de corresponsabilidad. En términos físicos y operativos, ya existen avances verificables. La documentación reporta avances muy altos en arborización con especies nativas, así como una inversión pública importante destinada a infraestructura estratégica, incluyendo un centro cultural, biblioteca, áreas polivalentes, andadores arbolados y huerto comunitario.

Esto confirma que el proyecto sí ha logrado traducir la participación en mejoras concretas del espacio. Quizá el resultado más importante es menos tangible, pero más profundo: Parque Libertad ha comenzado a transformar la relación entre la comunidad y este espacio. Un lugar marcado por la memoria del encierro empieza a convertirse en un espacio de encuentro, pertenencia, convivencia y futuro compartido.

Ese cambio de significado, construido con la gente y no solo para la gente, es uno de los logros más valiosos del proyecto.

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